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Todo el mundo conoce a Filípides, el que corrió de Maratón a Atenas en 490 a.C., gritó ¡Niké! y murió, pero casi nadie habla de lo que hizo antes, y sin eso, Grecia habría caído.
Los persas desembarcan en Maratón, 25.000 hombres, caballería, arqueros, la máquina de guerra de Darío, Atenas tiene 10.000 hoplitas, están solos, y necesitan a Esparta, el problema es que Esparta está a 240 kilómetros, y están en plenas fiestas Carneas, no pueden marchar hasta la luna llena.
Los generales atenienses miran a un hombre, Filípides, un hemeródromo, un correo profesional, un tipo que corre 50 kilómetros al día como si nada, le dicen que vaya a Esparta, que pida ayuda, que la ciudad se juega la vida.
Filípides se ata las sandalias, sale de Atenas al amanecer, cruza el Ática, sube montes, baja valles, no para ni a beber, porque los persas están en la playa, y llega a Esparta en dos días, 240 kilómetros en 48 horas, por caminos de cabras, con calor, con sed, con el peso de toda Grecia en la espalda.
Entra en la asamblea espartana, cubierto de polvo, con los pies sangrando, y suplica, les dice que los persas ya están en Maratón, que si Atenas cae, toda Grecia cae después, los éforos lo miran, consultan la ley, y le dicen que no, que las Carneas son sagradas, que no pueden marchar hasta dentro de seis días, cuando haya luna llena.
Filípides no grita, no llora, asiente, da media vuelta, y corre de regreso, otros 240 kilómetros, para avisar a Atenas que están solos, que Esparta llegará tarde, que tienen que pelear 10.000 contra 25.000.
Heródoto cuenta que en el monte Partenio, cuando volvía, se le apareció el dios Pan, le dijo que los atenienses no le rendían culto, que por eso estaban en peligro, Filípides prometió que si ganaban, le harían un santuario, y siguió corriendo.
Llega a Atenas al cuarto día, casi 500 kilómetros en las piernas, informa a Milcíades, y los atenienses, sin Esparta, sin dioses, sin más opciones, bajan a Maratón y atacan, corren contra las flechas persas, rompen el centro, y ganan, cuando todo acaba, mandan otra vez a Filípides, esta vez solo 42 kilómetros hasta Atenas, para dar la noticia.
Corre, llega, dice ¡Niké!, ¡Hemos vencido!, y cae muerto, pero no muere por esos 42 kilómetros, muere porque llevaba 542 kilómetros en cuatro días, porque cruzó Grecia dos veces para intentar salvarla, porque habló con un dios en un monte.
Atenas cumplió, levantó un santuario a Pan bajo la Acrópolis, Esparta llegó un día después de la batalla, vio los cadáveres persas, felicitó a los atenienses, y volvió a casa, y la historia olvidó la primera carrera, la de 480 kilómetros, para quedarse con la última, la de 42.
Sin esos dos días a Esparta, sin ese mensaje, Atenas habría dudado, habría esperado, y los persas habrían tomado la ciudad, no habría Siglo de Oro, ni Partenón, ni Sócrates, ni democracia, solo una provincia más del Imperio Persa.
Filípides no murió por correr una maratón, murió por correr dos, y por cargar con Grecia entera en la espalda.
Viernes 22 de mayo de 2026




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